La mala fama de las carreteras irlandesas hizo que nos fuéramos con el viaje sin organizar, más que nada porque no teníamos referencias fiables sobre el tiempo que tendríamos que emplear en cada desplazamiento. Así que una vez allí, nos decidimos a cruzar la isla a la aventura, confiando en que la autovía que aparecía en todos los mapas fuera real y nos llevara a Galway en el tiempo previsto. Afortunadamente, no sólo ésa sino todas las autovías en Irlanda son excelentes, lo que convirtió nuestras excursiones en agradables paseos.
El día que nos decidimos a explorar el Oeste de la isla salimos hacia Galway por la mañana y en apenas dos horas estábamos aparcando en el centro de la ciudad.
Galway es un sitio encantador y cómodo para los visitantes. Pasamos allí la mañana recorriendo a pie el centro histórico y disfrutando de un día espléndido por el paseo a orillas del río Corrib hasta la Catedral donde vimos algún pescador intentando llevarse un salmón a casa.
Desde allí, aprovechamos la tarde para recorrer la región de Connemara, rodeándola en el sentido contrario a las agujas del reloj y visitar la famosa Abadía de Kylemore, donde compramos el popular "fudge", una mezcla de turrón del blando y caramelo toffe, por decir algo, elaborado por las monjas benedictinas. Como podéis comprobar lo mejor de la Abadía es sin lugar a dudas su impresionante vista. Inolvidable.
Y terminamos la jornada haciendo a pie una de las rutas del Parque Nacional de Connemara, que ofrece unas vistas espectaculares de la costa.
Como la jornada no fue tan dura como parece, y las carreteras del país no nos parecieron tan atroces como se comentaba en los foros, dos días más tardes nos lanzamos de nuevo hacia el Oeste de la isla. En esta ocasión para recorrer la zona al sur de Galway y con intenciones de quedarnos una noche en un Bed and Breakfast.
Partimos tempranito hacia
Cork, que lamentablemente fue la desilusión de las vacaciones. Nos apenó encontrar una ciudad bastante sucia y con sus reclamos turísticos algo abandonados. Y sobre todo, nos impactó mucho la gran cantidad de indigentes y alcohólicos que pululaban por sus calles. Afortunadamente, el resto de lo que vimos en Irlanda no fue así en absoluto.
La tarde la dedicamos a hacer el recorrido circular por el
Anillo de Kerry con parada obligatoria para saludar al rey Puck en Killorglin, a Charles Chaplin en Waterville, a los valientes bañistas de Sneem y a asomarnos al mirador Ladies View, entre otras cosas como intentar tocar los lados del Moll's Gap.
Mereció la pena recorrer esas carreteras, que nos recordaban a las de la Serranía de Ronda por su estrechez y las curvas, porque el paisaje es encantador durante los 175 kilómetros aproximadamente que dura el recorrido.
Pasamos la noche en Killarney, que tiene un agradable ambiente turístico y a pesar del fresco, unas calles llenas de paseantes y de sitios adorables para cenar. También fue ideal el B&B en el que pernoctamos, con unos preciosos quilts acolchados a mano y unos desayunos abundantes y deliciosos.
El siguiente día amaneció lluvioso, pero yendo bien preparados nos pusimos en camino hacia Adare, un precioso pueblo hacia el norte, famoso por sus casitas con el tejado de paja.
De allí a los
Cliffs of Moher, los famosos acantilados donde pasamos un rato increíble luchando contra el viento. Una de las maravillas que hace que cualquier viaje merezca la pena. Impresionantes.
El resto de la tarde la dedicamos a recorrer el
Burren, una región pedregosa al borde del mar que me hizo imaginar a Heathcliff dando brincos por allí hasta que salió el sol y paramos a comernos unas ostras, típicas de la zona.
Y así nos despedimos del Oeste de Irlanda, volviendo a Dublín con montones de recuerdos y fotos, de las que podéis ver muchas
aquí. Y si queréis leer la primera parte de esta crónica viajera, pasos por
aquí.