I
Lorenzo lo tenía todo planeado. Y además, pensaba llevar toda la operación al completo él solito.
El proceso podía ser largo, bastante, podía durar incluso uno o dos días, dependiendo, ¡cómo no!, de la siesta de sus padres. Al abuelo lo tenía controlado, ése no fallaba ni un minuto.
Se sentó pacientemente a esperar la sucesión de acontecimientos.
Tal y como había previsto, su hermano Antonio se le acercó con varias intenciones. Primero quiso convencerlo para jugar una partida a las cartas de Yu-gioh. Como Lorenzo se negó, la segunda opción fue arrearle una colleja que éste soportó estoicamente. Antonio era tan simple que no notó nada extraño en que su hermano pequeño no se quejara de sus abusos como era habitual. En tercer lugar, recordó que tenía una pantalla que pasarse del último videojuego conseguido. Ése que nunca le prestaba a Lorenzo. El pequeño esbozó una sonrisilla cuando su hermano subió las escaleras ruidosamente dejándolo sólo allí sentado. Esperando.
El desarrollo del plan iba según lo previsto. Su padre salió del comedor hurgándose los dientes con un palillo y gritando –“¡Loli!, ¿te queda mucho? ¡Que si no subes no me duermo!”- Loli contestó también a gritos desde la cocina –“¡Ya voy! Termino de cargar el lavavajillas y subo enseguida. ¡Ve quitando la colcha!”- El mismo ritual de todas las sobremesas, su padre reclamaba a su madre y ésta se hacía esperar. Luego subía a dormir la siesta con él. Y ésta era la única parte del plan que cojeaba un poco, porque a veces Loli no se podía dormir por culpa de los ronquidos de Antonio padre y bajaba antes de lo acostumbrado. Lorenzo cruzó los dedos para que su padre esa tarde no roncara mucho.
Su madre le revolvió el pelo al pasar junto a él. –“Loren cariño, no te sientes en los escalones que vas a pillar una infección de orina.”- No se molestó en contestar, continuó con los dedos cruzados y con la sonrisa que le había producido pensar en el videojuego de Antonio. Esperando.
El abuelo tardaba, extrañamente, porque lo habitual era que subiera justo antes que su madre. Lorenzo empezó a dudar de todo el plan. Era fundamental que el abuelo durmiera la siesta, si no se dormía no se quitaría la dentadura.
Cuando estaba a punto de levantarse de los escalones oyó el familiar carraspeo. –“Voy a dar una cabezadita, Lorenzo. No armes ruido.”
-“¡Que no, abuelo!”- Lorenzo tenía bastante claro que precisamente esa tarde no iba a hacer ni el más mínimo ruido.
II
Los ronquidos no tardaron en empezar. Primero los de su padre, fuertes y regulares. Lorenzo apretó los dedos que tenía aún cruzados y respiró hondo cuando escuchó los de su madre, más suaves, como suspiritos encadenados. Siguió esperando con la sonrisilla esperanzada en la cara. Sabía que el abuelo tardaba más en dormirse, pero no le preocupaba, siempre lo hacía y siempre se quitaba la dentadura postiza. El objeto de su codicia y el objetivo de todo el plan.
Todo había empezado a fraguarse en su mente cinco días antes, cuando se le cayó el diente. Lorenzo sabía que el ratoncito Pérez le había dejado cinco euros por los dientes anteriores, pero esta vez era un colmillo, ¡valía más!, ¡tenía que valer más!, ¡tenía que valer tanto como un videojuego más moderno que el de su hermano! Pero por lo visto el ratoncito Pérez también estaba en crisis, como todo el mundo y le había vuelto a dejar los tristes e insuficientes cinco euros. Con eso estaba claro que no le llegaba, ni comprándolo de segunda mano. Posibilidad totalmente descartada puesto que era rabiosamente nuevo. Necesitaba más dinero. Exactamente cincuenta y cuatro con noventa y cinco euros más.
Lorenzo había calculado que la dentadura tendría al menos veinticuatro piezas, puede que más. Posiblemente los mayores tuvieran más muelas que él en cada lado, pero para no crearse falsas expectativas había decidido pensar que la dentadura del abuelo tendría doce muelas, cuatro colmillos y ocho dientes. Veinticuatro piezas.
Si el ratoncito Pérez le dejaba cinco euros por cada diente serían ciento veinte euros. Suficiente para dos videojuegos. Pero Lorenzo era un chico listo que había aprendido muy pronto y gracias a su hermano que más vale pájaro en mano que ciento volando. Así que tenía decidido poner la dentadura completa debajo de la almohada y confiar en que el ratoncito Pérez le dejara al menos la mitad. Era un buen negocio para los dos. Para el ratón un ahorro y para Lorenzo una forma rápida de deshacerse de la dentadura inculpatoria.
III
Acercó la nariz a la puerta entreabierta. El abuelo roncaba suavemente, sin altibajos y la habitación estaba tenuemente iluminada por los rayos de sol que se colaban a través de los agujeritos de la persiana.
La dentadura estaba sobre el pañito encima de la mesilla de noche. Con mucho cuidado se coló en la habitación y sigilosamente se acercó hacia allí aguantando la respiración. De repente, le crujió una rodilla y eso hizo que se quedara paralizado. Notó que una gotita de sudor le recorría la espalda y se atrevió a respirar en completo silencio. El abuelo seguía profundamente dormido.
Lorenzo alargó la mano y aguantando una arcada inesperada agarró la dentadura con todas sus fuerzas y salió corriendo de la habitación olvidando que lo más importante de su plan era no ser descubierto.
Al llegar a su habitación con el corazón desbocado frenó en seco, Antonio estaba tirado en la cama jugando con la consola. Lorenzo se metió la mano con la dentadura en el bolsillo rezando para que su hermano no se diera cuenta, pero Antonio estaba tan inmerso en el juego que ni notó que el pequeño había entrado.
Se tiró en su cama y disimulando con toda su alma se sacó la dentadura del bolsillo y la deslizó suavemente debajo de la almohada. Con la misma suavidad e intentando pasar desapercibido, se recostó sobre la almohada y se puso a observar los progresos de su hermano con el videojuego. Paulatinamente recuperó el ritmo respiratorio regular, le empezó a entrar sueño y poco a poco se fue relajando.
IV
-“¡Dodi, Dodi, Andonio, Andonio!”- Los gritos del abuelo resonaban por toda la casa. Lorenzo se despertó sobresaltado sin saber qué pasaba. Tardó un par de segundos en analizar la situación y recordando su fechoría, metió la mano debajo de la almohada antes de abrir los ojos.
La sorpresa hizo que los abriera desmesuradamente y que se incorporara en la cama como si realmente lo que le causara ese estupor fueran los gritos que seguían oyéndose. Pero no, Lorenzo sabía perfectamente qué le pasaba al abuelo. Su extrañeza era provocada por el vacío debajo de la almohada. No había nada, ni dinero, ni dentadura. Nada.
Se preguntó qué podría haber pasado. Descartó que su hermano lo hubiera descubierto, sabía que si hubiese sido así, Antonio le habría golpeado con la dentadura del abuelo en la cabeza y se habría chivado inmediatamente.
La única posibilidad que se lo ocurría era que el ratoncito Pérez había olvidado dejarle nada y se había llevado los dientes del abuelo.
De repente, empezó a oír otros gritos. Gritos de triunfo, de alegría. Su hermano Antonio subía las escaleras chillando como un ganador de la lotería –“¡Toma, toma, toma!”- Entró en la habitación con una gran sonrisa. -“¡Mira, enano!”- Y alargando la mano le mostró el deseado videojuego. -“Me lo ha regalado el abuelo. Se lo ha encontrado debajo de su almohada”.