No tengo ni la más mínima duda sobre la existencia de los Reyes Magos. Tengo una certeza absoluta de dicha existencia porque los he visto. Sí. He visto a los de verdad, no a los de la tele que hasta los niños de tres años saben que son actores. Ni a los de las cabalgatas, que son vecinos del pueblo a los que reconocemos a pesar del maquillaje y las barbas. Yo he visto a los Reyes Magos.
Les había escrito la carta con poca ilusión y bastantes dudas. Había pedido el juego de moda para niñas que supongo anunciaban en la tele, puesto que no tengo conciencia de que tuviéramos otra forma de enterarnos de las novedades en el mundo del juguete. Ni siquiera sé porque lo quería, ya que las flores y las plantas nunca han llamado mi atención, pero lo quería con toda mi alma, así que la publicidad funcionó. Deseaba el Súper Flora de Airgam.
Sin embargo, estaba convencida de que mis posibilidades de que me lo trajeran eran escasas. Influían en esa incertidumbre mis padres con sus comentarios con respecto a la economía familiar o al precio de los juguetes. Y el Súper Flora me parecía un regalo tan magnífico que obligatoriamente tendría que ser muy caro.
Con respecto a mi comportamiento, no tenía dudas. Yo era una niña buena, digan lo que digan mis hermanos. Pero sabía que no nadábamos en la abundancia e imagino que algún alma caritativa habría intentado negarme ya la evidencia que estaba a punto de comprobar.
Era la noche de Reyes de 1974. Mi hermana de dos añitos, mi hermano de cinco y yo con seis estábamos ya dormidos cuando mis padres entraron en la habitación de madrugada a despertarnos diciendo: "Niños, levantaos, que han venido los Reyes Magos."
Saltamos de la cama, helados de frío y con algo de miedo, sobre todo la pequeña que se agarró de la pierna de mi madre y empezó a llorar. Yo me asomé con mucha vergüenza y sí, allí estaban. Melchor, Gaspar y Baltasar con sus coronas, capas y un gran saco de plástico azul, ocupando todo el espacio del pequeño salón.
Creo que no pude hablar, ni una sola palabra,ni articular un pequeño ruidito. Me quedé totalmente bloqueada dejándome llevar por mi padre que me iba diciéndo: "Dale un besito a Melchor, dale un besito a Gaspar, dale un besito a Baltasar." Y que sólo puede relajarme un poco, cuando el rey negro se negó a besarme y me alargó la mano donde lucía un precioso anillo con una piedra roja, grande como un huevo, para que se lo besara.
Y sacaron los regalos. El primero para mi hermana que seguía llorando muerta de miedo, un paraguas tan pequeñito que siempre lo hemos llamado el paraguas de la Nancy. Y después mi Súper Flora.
Les había escrito la carta con poca ilusión y bastantes dudas. Había pedido el juego de moda para niñas que supongo anunciaban en la tele, puesto que no tengo conciencia de que tuviéramos otra forma de enterarnos de las novedades en el mundo del juguete. Ni siquiera sé porque lo quería, ya que las flores y las plantas nunca han llamado mi atención, pero lo quería con toda mi alma, así que la publicidad funcionó. Deseaba el Súper Flora de Airgam.
Sin embargo, estaba convencida de que mis posibilidades de que me lo trajeran eran escasas. Influían en esa incertidumbre mis padres con sus comentarios con respecto a la economía familiar o al precio de los juguetes. Y el Súper Flora me parecía un regalo tan magnífico que obligatoriamente tendría que ser muy caro.
Con respecto a mi comportamiento, no tenía dudas. Yo era una niña buena, digan lo que digan mis hermanos. Pero sabía que no nadábamos en la abundancia e imagino que algún alma caritativa habría intentado negarme ya la evidencia que estaba a punto de comprobar.
Era la noche de Reyes de 1974. Mi hermana de dos añitos, mi hermano de cinco y yo con seis estábamos ya dormidos cuando mis padres entraron en la habitación de madrugada a despertarnos diciendo: "Niños, levantaos, que han venido los Reyes Magos."
Saltamos de la cama, helados de frío y con algo de miedo, sobre todo la pequeña que se agarró de la pierna de mi madre y empezó a llorar. Yo me asomé con mucha vergüenza y sí, allí estaban. Melchor, Gaspar y Baltasar con sus coronas, capas y un gran saco de plástico azul, ocupando todo el espacio del pequeño salón.
Creo que no pude hablar, ni una sola palabra,ni articular un pequeño ruidito. Me quedé totalmente bloqueada dejándome llevar por mi padre que me iba diciéndo: "Dale un besito a Melchor, dale un besito a Gaspar, dale un besito a Baltasar." Y que sólo puede relajarme un poco, cuando el rey negro se negó a besarme y me alargó la mano donde lucía un precioso anillo con una piedra roja, grande como un huevo, para que se lo besara.
Y sacaron los regalos. El primero para mi hermana que seguía llorando muerta de miedo, un paraguas tan pequeñito que siempre lo hemos llamado el paraguas de la Nancy. Y después mi Súper Flora.


Me lo entregaron en mano. Porque había sido buena, había escrito la carta sin faltas y no importaba que mi familia no fuera rica.
Desde entonces me río siempre que alguien pone en duda algo que yo sé, que he visto, que he comprobado. Porque a pesar de desear el juego muchísimo, ese año los Reyes me trajeron algo mejor, algo que no era de piezas que se perdieron rápidamente. Me trajeron la ilusión.


























